Sobre la tristeza

Como emoción básica, la tristeza aparece en nuestras vidas como forma de transitar la pérdida, ya sea real o posible, pasada, presente o futura.

Cualquier pérdida –de una persona, un animal, un espacio, una relación, un rol, un objeto, una posibilidad, una idea, una memoria, una expectativa, entre otros muchos ejemplos– implica un vacío. Un vacío que requerirá de un proceso de duelo para elaborarse y ofrecernos un nuevo espacio, con la posibilidad de recomponernos y reencontrarnos con una nueva versión de nosotrxs mismxs.

Hay varias emociones y estados que emergen de un proceso de duelo, entre ellos una fase de tristeza. Es necesario transitarlos todos, aunque no sea de manera lineal y ordenada. Sin embargo, no siempre se requiere de la presencia de un proceso de duelo para sentir y habitar la tristeza.

Así, podemos sentirnos tristes cuando nos encontramos en sintonía con un día lluvioso, en el que vemos reflejado nuestro paisaje interno. Podemos sentirnos tristes cuando estemos lejos de lxs nuestrxs, lejos de casa, y nos sintamos melancólicxs. Asimismo, puede que exista confusión, apatía o duda en nuestras vidas y por ello necesitemos de la tristeza para transitar ese estado interno, para vaciar y limpiar esa confusión y encontrar un vacío fértil.

Es interesante preguntarnos sobre la posible pérdida –posible o real– cuando sentimos tristeza. ¿De qué me doy cuenta cuando estoy triste? ¿Qué es lo que necesito para dejarme estar en la tristeza y así transformar mi estado interno?

De lo contrario a lo que muchas veces hemos aprendido o a la manera en la que hemos sido acompañadxs, no hay que huir del contacto con la tristeza –aunque tampoco quedarnos enganchadxs en ella–, sino que tenemos que darnos el tiempo suficiente y necesario para nosotrxs para poder sentir, habitar y transitar la emoción. Solo así podrá transformarse nuestro estado interno de forma auténtica, elaborando la pérdida posible o real y encontrando un nuevo lugar para todas aquellas cosas que se han movido con esta vivencia.

Quedarnos enganchadxs a cualquier emoción es cronificar un estado interno y así impedir la transformación que la propia emoción nos ofrece. Por ejemplo, el dolor no es lo mismo que el sufrimiento. Sentir dolor y acompañarme con tiempo y respeto a transitarlo es muy diferente a hacer de él un sufrimiento y quedarme enganchadx al mismo. Sentir dolor, abrazarlo y dejarlo ir me ayuda a transitar un estado; mientras que sentir sufrimiento y no poder salir de él, cronifica mi estado interno.

De este modo, cuando la tristeza aparece en nuestras vidas, conviene abrazarla y ofrecerle el espacio necesario –con una mirada amorosa y sin juicio– para que pueda limpiar y transformar aquello que necesita revisarse, elaborarse y reestructurarse en nosotrxs.

Las lágrimas vacían y limpian. Y de forma orgánica, nos sentimos aliviadxs y en paz cuando nos damos el permiso para llorar todo lo no llorado, o cuando simplemente damos permiso a nuestro cuerpo para expresar una tristeza sutil, casi imperceptible, que proviene de la melodía de una canción, del reflejo de nuestro estado interno hacia un día lluvioso o de la memoria y el recuerdo espontáneo que aparece en nuestra mente un momento cualquiera. En cualquier caso, el camino no es alejarse y huir de la tristeza sino sentir, abrazar, y dejar ir.

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